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Los cultivos genéticamente modificados autorizados para su comercialización producen alimentos seguros para el consumo humano y animal. Se han estudiado cuidadosamente y cumplen con las normas de seguridad ambiental y alimentaria establecidas en Argentina por el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca (MinAgri) y sus comités científicos asesores, así como por las autoridades correspondientes en los países donde están aprobados.
En Argentina, y en el ámbito del MinAgri, la Comisión de Biotecnología del SENASA estudia la bioseguridad alimentaria de los cultivos o sus subproductos, la CONABIA analiza los posibles impactos ambientales del cultivo y la Dirección de Mercados evalúa los efectos de su comercialización.
Para evaluar la seguridad de un alimento derivado de un organismo
genéticamente modificado debe primero comparárselo con el alimento más
parecido que se encuentre disponible (generalmente, el alimento que
deriva de su par no transgénico). Este método de evaluación establece el
punto de partida de la misma y determina lo que se conoce como
“equivalencia sustancial”. Se trata de una comparación pormenorizada
entre ambos productos que va desde la morfología de la planta hasta la
composición nutricional del producto alimenticio. Cuando los cambios en
la composición del alimento son intencionados (por ej. modificación de
ácidos grasos en aceites) debe estudiarse el balance nutricional
exhaustivamente, sobre todo cuando se pretende que el nuevo producto
reemplace al anterior.
La evaluación debe asegurar también que la modificación genética no haya provocado cambios que puedan afectar la inocuidad o el valor nutricional del alimento. Por ejemplo, si organismo hospedador posee un determinado nivel de toxinas, como es el caso de la solanina en papa, este nivel no puede aumentar en el transgénico.
La ingeniería genética puede introducir genes cuyos productos son nuevos en la cadena alimentaria. Tal es el caso de los productos de la primera ola, destinados al mejoramiento de características agronómicas, como tolerancia a herbicidas o resistencia a insectos. En tal caso, se aplican una serie de ensayos consensuados internacionalmente, que permiten decidir si un compuesto es un alérgeno potencial o no. Este análisis se basa en ciertas características que las proteínas alergénicas tienen en común:
- Son relativamente grandes (10-40 kDa)
- Son resistentes a la degradación con ácido gástrico y a la digestión con enzimas digestivas
- Son semejantes en su estructura a otros alérgenos conocidos
- Están presentes en altas concentraciones en los alimentos (son componentes mayoritarios de los mismos)
- Son estables frente a los métodos comunes de procesamiento y cocción.
No existen peligros de toxicidad o alergenicidad especialmente relacionados con la presencia de material genético en los alimentos derivados de transgénicos. Los componentes de este material son el ADN y el ARN, exactamente iguales a los presentes en nuestras células y en los alimentos convencionales. Por otro lado, el material genético ingerido es degradado en su pasaje por el sistema digestivo y no hay ninguna evidencia de que algún fragmento de ADN proveniente del tracto digestivo pueda integrarse a nuestros cromosomas.
Hay cierta preocupación sobre la posibilidad de que el uso de marcadores de selección en las plantas modificadas genéticamente pudiera aumentar la resistencia a antibióticos en las poblaciones de microorganismos patógenos de humanos. Esa posibilidad es remota, comparada con el aumento de resistencia provocada por el uso de los antibióticos en la medicina. Sin embargo, se trata de desarrollar cultivos transgénicos con otros tipos de marcadores no relacionados con antibióticos.
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